in

La historia de cómo ayudé a mi gata a morir, pero a morir bien

“Nadie te prepara nunca para enfrentar la muerte”

“Nadie te prepara nunca para enfrentar la muerte”, me dijo una vez una prima que admiro como lo hace un discípulo con su mentor y sé que estas palabras me han perseguido por varios días, meses y quizás algunos años desde que las oí por primera vez. Puedo asegurar que desde entonces, no soy la misma y que trato de ver la muerte como algo diferente porque después de tanto llanto y tan pocas respuestas que le pedí, ¿a la vida?, vuelvo a sorprenderme al recordar que mi prima habla del día en que murió su hija como el día en el que llegó un ángel al cielo y lo hace con una sonrisa en el rostro.

Hace un par de semanas enfermó mi gata y aprendí que los gatos apenas “te dicen” que se sienten mal cuando ya es demasiado tarde. No lo sabía y, si acaso, puedo asegurar que soy una primeriza en gatos y que lamento los muchos errores que cometí en el pasado como las cosas que le di de comer y las que no; pero si de algo no me arrepiento fue de sentir que traté de ayudarla a morir bien.

Pero no me malinterpreten, nunca dejé de luchar por ella y para quien piense que una mascota no es “lo suficiente” como para llevar un duelo, me atrevo a decir que lamento que esta persona nunca haya sentido esta conexión ta fuerte con un ser vivo diferente a un ser humano.

Hace dos semanas, Manchita enfermó, dejó de comer, y poco a poco fue cambiando su actitud de gata cariñosa a gata dormida, y les aseguro que nunca una gata fue tan amigable como ella, tanto que muchas veces llegué a considerarla como un “perro”, pero claro un “perro extraño” que tenía muchos ánimos de correr por las noches con las pupilas dilatadas y atacar, de vez en cuando, los muebles, o dejarme toda la ropa negra llena de pelitos blancos.

Con los cambios de hábito, la llevé al veterinario y tuve que cambiar incluso un par de veces con los doctores para que encontrasen un diagnóstico exacto, una respuesta que diera con la enfermedad que parecía robarle poco a poco su “personalidad”, pero la verdad es que ni al final pudimos saber qué fue lo que terminó de cobrar su vida y la pregunta la tendré toda mi vida.

¿Era cáncer? Nunca se supo, pero pude ver cómo poco a poco se agotaba entre mis manos y en los primeros días que me di cuenta de lo que ocurría, no puedo mentir: entré en pánico. Mi gata de apenas siete años estaba a punto de morir y no había nada que yo pudiese hacer, yo no tenía el remedio exacto ni la medicina, no tenía control sobre nada.

Comencé a llorar y a preocuparme, estaba desesperada y recordaba cada momento en el hospital donde murió mi abuela, como si cada tristeza nueva se mezclara con la anterior y me sumaba aún más grados en la depresión, mientras caía cada vez más en un vacío en el que comencé a preguntarme cosas, quizás las típicas cosas que uno se pregunta cerca de la muerte de alguien cercano.

Me pregunté si toda la vida es sufrimiento, si acaso es el mismo destino al que todos vamos, si habría vida después de la muerte y si había algo que en realidad yo pudiese hacer para salvarla de una difícil cirrosis hepática con otras complicaciones.

No había nada sino incertidumbre, miedo, y comencé a recordar a mi prima cada noche con su idea de que nadie nos prepara para la muerte. Si hablas de morir, cualquier familiar te dirá “calla, no digas eso”, o “ni Dios lo quiera”. Seamos honestos, hablar sobre la muerte es un tabú del que nadie quiere saber hasta que llega la hora de conversar en serio y apenas se habla entonces.

Pero si todos vamos a morir, si todos terminaremos en ese hospital frío rodeados de familiares (en las mejores condiciones) con un último sufrimiento, ¿por qué no cambiamos un poco la estrategia? Cuando me di cuenta de que mi gata iba a morir, aun tenía esperanza de que sobreviviera, pero decidí darle lo mejor que podía (dentro de lo que podía) así como espero que ocurra conmigo algún día, cuando llegue el momento.

La muerte sigue llegando temprano y por sorpresa

Ya sabía esto bastante bien y por eso cambié pero por ella, aunque fuese un poco de teatro. En cada visita al hospital veterinario, dejé las lágrimas afuera del establecimiento y comencé a saludar a mi gata de la misma forma en que lo hice en los días más juguetones a su lado. Ella apenas podía mover la cola, pero me acercaba y le contaba chistes, chistes y bromas que no me iba a entender pero que, de alguna manera, sé que percibía porque movía un poco sus orejas.

Incluso llegué al punto de comenzar a regañar a todos los que la visitaron y puse mi carácter de “aquí solo vienen con buena vibra”, “aquí nadie llora en su presencia”. Con mucha alegría, juegos y algunos chismes incluso, terminé por despedirme de Manchita tal como vivió su vida: con demasiada energía, alegría y mucho cariño.

En las últimas horas, poco pudimos hacer, pero se fue con los últimos destellos de amor que pudimos darle. Hubiese querido llevarla una vez más a tomar sol, como le encantaba, pero no pude lograrlo. Pero de igual manera me alegro de que, al menos, siento que pude ayudarla un poco a morir, pero a morir bien.

No miento, en estos momentos la extraño y quizás a veces lloro un poco, pero estoy feliz de haberle dado unos últimos instantes de diversión, entre tanto. Quizás un día todos podamos tener la misma cortesía.

What do you think?

0 points
Upvote Downvote

Total votes: 0

Upvotes: 0

Upvotes percentage: 0.000000%

Downvotes: 0

Downvotes percentage: 0.000000%

Written by Natalie Azcona

mm

Editora de Contenidos, Viva Noticias - Política, inmigración, opinión y análisis.

Rosenstein

Traición: el vicefiscal de EE.UU, Rosenstein, propuso grabar a Trump para destruirlo

Trump

Fugitivo que prometió poner una “bala en la cabeza” de Trump es capturado luego de 3 meses